Nuestra postura respecto a la obra teatral “El principio de Arquímedes” (del autor Josep Maria Miro)

Lxs “Adultxs” compartimos nuestra postura, con respecto a la obra teatral “El principio de Arquimedes” (del autor Josep Maria Miro):

Estrenada en el Teatro San Martín de Buenos Aires, la obra cuenta (según podemos ver en la web del teatro) la siguiente historia: “…en el vestuario de profesores de un natatorio, cuatro adultos discuten sobre el significado y las consecuencias del beso de un entrenador a un niño que tiene miedo a meterse en el agua sin flotador.”

Y más adelante agrega: “Este gesto hará salir a flote miedos, prejuicios y fantasmas íntimos y colectivos. El espectador también tendrá que tomar partido sobre lo sucedido y sobre cuál es el modelo social y educativo que deseamos.”

Habiendo leído esto, me disponía a ver una obra sobre la pedofilia y a un posterior debate, tal como sucede con muchas obras teatrales de Buenos Aires, donde encontramos distintas variantes de lo que Augusto Boal denominara “teatro foro”, es decir, un mecanismo mediante el cual los espectadores abandonan su rol pasivo y pueden intervenir, debatir, opinar.

Sin embargo, nada de eso sucede y la obra transcurre en un registro realista dejando planteadas las dudas, las incógnitas. El público sale sin saber muy bien qué pasó finalmente con el caso planteado, que claramente es un caso de pedofilia. Más allá de que los entrecruzamientos de sentido pueden ser múltiples y que a partir de ellos podamos terminar reflexionando sobre la sociedad en qué vivimos, la paranoia y la desconfianza, es claro que el tema dominante de la obra es la pedofilia. Y resulta por lo menos llamativo que incluso en alguna reseña que también está disponible en internet se diga que el objetivo es reflexionar sobre un tema “mayor”.

En la obra, se plantea como duda el tema del abuso sexual. Como si el abuso sexual, pudiera

confundirse, con gestos de cariño y de cuidado. ESTO ES LO PERVERSO. Este tipo de “confusiones”, dan lugar a que en juzgados y en la vida, muchxs digan: ¿No será que es un padre muy mimoso?

¿No será un juego lo que hizo el/la profesora con el niño o niña denunciantes? El abuso sexual infantil es la irrupción de la sexualidad adulta en la psiquis de un niñx que no tiene madurez suficiente para procesar dicha irrupción. Esto genera resultados desvastadores en la psiquis de esx niñx. No es un tema para presentar sin tener una clara postura ética al respecto: somos lxs adultxs lxs que cometemos este genocidio contra niños, niñas y adolescentes a lxs que debiéramos cuidar y proteger. Banalizar el tema es una forma de complicidad.

Es una pena que el muy buen trabajo de los actores, la ingeniosa escenografía, y una puesta interesante y entretenida, no vaya más a fondo. Opino que el teatro es un arte que nos da la posibilidad de cuestionarnos. De allí, que quedarse en la superficie de estos temas tan urgentes, es desaprovechar una buena oportunidad para sacudir el adormecimiento en el que muchos adultxs se encuentran respecto del padecimiento de los niños que son víctimas del abuso de poder por parte de quienes deberían protegerlos.

Cuando se trata de un crimen aberrante como la pedofilia no es posible no tomar partido. Y en todo caso, si se pretendía hablar de otra cosa, la elección que el dramaturgo hizo del “tema excusa” ha sido desafortunada.

Después de Auschwitz, es claro que la banalidad puede llegar a ser una aliada perfecta del abuso de poder más escalofriante. Si pensamos al teatro como simple entretenimiento (lo cual es lícito) es aconsejable no meterse con temas serios. Si en cambio, queremos abordar un tema gravísimo

como la pedofilia, es imprescindible profundizar, tomar posición, y sobre todo tratar el tema con respeto.

Párrafo aparte merece el hecho de que esta obra sea presentada en un teatro estatal. Tratándose de ese ámbito, lo esperable es que aquellxs que definen la programación tengan especial cuidado a la hora de seleccionar las obras. Y no hablamos de censura sino del cuidado elemental que el sentido común exige en estos casos. ¿Qué pasaría si el teatro San Martín (o cualquier otro teatro estatal) presentara una obra donde se pone en duda el holocausto bajo pretexto de estar hablando de otros temas “mayores”? Seguramente, y justamente, ocasionaría el repudio generalizado. ¿Por qué no sucede lo mismo con un tema como la pedofilia?

En la página web del Complejo teatral de Bs. As. La reseña sobre la obra dice: “¿Gesto inocente? Alguna cosa debe haber pasado en nuestra sociedad para que, en menos de dos décadas, un gesto aparentemente inofensivo pueda despertar todas las alertas y convertirse en motivo de sospecha.”

Es decir, se presenta la cuestión como una incógnita respecto de qué nos pasó como sociedad que hoy un gesto que en otro tiempo hubiese sido inocente, despierta tanta inquietud. También se habla de miedo, prejuicios y fantasmas. Pero en medio de esas interesante preguntas, se diluye el hecho de que la pedofilia es un delito aberrante. No es verdad que en dos décadas un “gesto inocente” se transformó en abuso! Hace dos décadas lxs millones de abusadxs se callaban. Se silenciaban, se invisibilizaban. El abuso sexual ES, FUE Y SERA ABUSO SEXUAL!

La pregunta entonces es: ¿Qué le pasó a algunxs adultxs que no logran reconocer un crimen aberrante e intentan confundirlo con un gesto cariñoso?

Por otra parte, al relatar el hecho (como si fuera posible simplemente relatar neutralmente) que supuestamente es la excusa para desarrollar y ayudarnos a reflexionar sobre otros temas “mayores”, queda claro que los únicos que tienen voz son los “inculpados” (el natatorio en la persona de la directora o propietaria y los dos profesores de natación, aunque uno de ellos queda exceptuado de responsabilidad). No aparece sino tibia y brevemente, la voz de un padre quién además (queda claro) nunca antes se había preocupado mucho por la suerte que corría su hijo.

La voz de los niños está básicamente esa turba que no vemos pero que según se escucha y nos cuentan está frente al natatorio arrojando piedras. “Me tiran las piedras a mi” dice angustiado Rubén (el profesor sospechoso de pedófilo), mientras es claro que la responsabilidad se extiende.

Es decir, que no se presentan “los hechos” sino más bien un recorte arbitrario de los hechos. Y en ese recorte queda afuera nada menos que el padecimiento de lxs niñxs.

Lxs damnificadxs son presentadxs como una turba que exagerando un hecho que incluso tal vez no sea más que un malentendido, perturba a estxs pobres y temerosxs adultxs: la dueña de la pileta preocupada por su negocio, el profesor sospechado que llora de miedo y el otro profesor que no sabe qué pensar ni hacer.

Que el teatro nos ayude a reflexionar, que ponga en duda, y que sacuda la opinión de los espectadores es algo muy bueno. De allí a confundir un delito aberrante como el abuso sexual infantil con gestos cariñosos malinterpretados por la paranoia social hay un enorme e inadmisible abismo. Y que todo esto sea alegremente expuesto en un teatro estatal es una nueva contribución al ocultamiento de un crimen aberrante. Quienes somos sobrevivientes del abuso sexual infantil repudiamos esta forma de invisibilización del tema y llamamos a la reflexión y el debate.

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